EL CIRCO CON ANIMALES ES UNA PRISIÓN AMBULANTE

La prisión es un no lugar, y de un no lugar a otro van los animales del circo con su cárcel a cuestas, su tiempo y su vida atrapada dentro. En un sitio diferente cada día sin poder ir realmente a ningún sitio. Atrapadas con sus normas, sus horarios, sus ritmos vitales definidos y controlados por otras personas, sus rejas, su mirada apagada, sus ganas de huir. Como cualquier otra cárcel…

“(…) Se despertaba a los animales y se les llevaba fuera de los furgones. Algunos de ellos eran entonces cargados dentro de vagones y remolques. Otros, en concreto caballos y elefantes, eran puestos a trabajar. Cada uno de aquellos vagones tenía que ser remolcado y empujado hasta la explanada del circo. Cada pieza del equipamiento debía ser cargada. La labor más dilatada consistía en montar la gran carpa. Había que mover postes gigantes hasta el lugar correcto. Había que desdoblar la carpa en sí y posicionarla en su sitio. Había que tirar de los cables para erigir la estructura. Sin duda, sin la fuerza y la corpulencia del elefante, esta última tarea difícilmente habría sido posible. Con las tareas matutinas ya terminadas, los cinco paquidermos del circo recibirían un breve pero merecido descanso. Sus tobillos, como siempre, serían encadenados y atados para disuadirles de cualquier intento de huída. Se les proveía de agua y heno, la comida estándar. Los animales realmente necesitaban este descanso y alimento, ya que su jornada no había hecho más que comenzar. Pronto llegaría el desfile de medio día. Esto significaba un completo cambio de tareas: del trabajo físico, al entretenimiento del público. Los elefantes tenían que vestir sus disfraces y marchar a través de las calles, mezclarse con los lugareños, posar para fotografías y dibujos, y pasear a la gente en sus lomos. Tenían que ser felices, al menos en apariencia.

A continuación, habría dos actuaciones bajo la gran carpa: una matineé a las 14 horas, y un show de tarde a las 20. Los elefantes tenían que mostrar a la audiencia sus rutinas y sus trucos coreografiados. Tenían que arrodillarse cuando se lo dijeran. Tenían que ponerse en pie sobre sus patas traseras. Tenían que mantenerse en equilibrio sobre taburetes. Tenían que formar un gran círculo con cada elefante descansando sus patas delanteras sobre las traseras del otro. Nada de esto era fácil (…)

Finalmente, el circo sería desmontado para viajar a la siguiente ciudad y la siguiente actuación. Había que bajar la lona y desarmarla. Todo el equipo tenía que ser cargado de nuevo. Los vagones y carruajes tenían que ser transportados otra vez hasta el tren. Sólo entonces, bien entrada la hora bruja, el largo y extenuante día podría al fin finalizar. Desafortunadamente, pronto comenzaría una nueva mañana”.

Texto traducido y extraído del libro Fear of the animal plantet. The hidden history of animal resistance, de Jason Hribal (Counter Punch/AKA  Press, 2010)

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