CRUELDAD ES QUITAR LA LIBERTAD

Frente a la creciente oposición al uso de animales no humanos en los circos, las personas responsables de estos espectáculos se defienden intentando demostrar que no pegan ni “maltratan” a los animales. Es decir, que no utilizan la violencia física en su manejo. Esto es cuestionable en la mayoría de los casos. Pero, además, nosotras consideramos que el maltrato y la crueldad van mucho más allá de los golpes y los látigos, y que ni la más “dulce” de las domas deja de ser una forma de esclavitud. A continuación reproducimos unos fragmentos del libro En ese sitio maldito donde reina la tristeza, en los que se reflexiona sobre el cautiverio y la libertad.

“(…) consideramos importante lanzar una serie de reflexiones para entender de qué estamos hablando cuando nos referimos a la lucha por la “liberación animal”, en lugar de limitarnos a condenar el maltrato o hablar de “bienestar” para los animales no humanos. (…)

Frecuentemente, la filosofía presenta la libertad como algo que implica al menos un deseo o una necesidad, y cuya realización voluntaria sin obstáculos internos o externos, es lo que nos hace libres.

En este sentido, y puesto que la voluntad siempre ha tendido a considerarse una capacidad exclusiva de la especie humana, se suele teorizar con que los demás animales, al carecer de voluntad, carecen de interés en ser libres.

Desde nuestro punto de vista, es cuestionable que el resto de animales carezcan de voluntad. Entre las muchas definiciones de “voluntad”, destacan las que la presentan como la capacidad de decidir, como la intención o deseo de hacer una cosa sin necesidad de que ningún impulso externo obligue a ello. En este sentido, la mera observación y los ejemplos que hemos visto, son razón suficiente para comprender que otros animales también poseen esta capacidad; que, sin que nada ni nadie se lo dicte, pueden marcarse objetivos y activar los mecanismos necesarios para lograrlos.

Puede que haya quien siga pensando que estos actos no tienen por qué responder a algo intencional, que los animales no humanos funcionan como autómatas movidos por esa especie de titiritero interno al que llamamos “instinto”, y que la voluntad está necesariamente ligada a la inteligencia racional o a la autoconsciencia. De nuevo, es cuestionable el hecho de que sólo los humanos posean estas capacidades. Otros animales pueden percibirse a sí mismos como algo diferente de su entorno, y está sobradamente probado que la inteligencia no es una característica exclusiva de la humanidad. Aun  asumiendo que no todos los animales no humanos fueran inteligentes o conscientes de sí mismos, deberíamos asumir que también existen humanos que carecen de estas capacidades, o las tienen en distintos “grados” y formas. ¿Sería esa una razón para privar a estas personas de su libertad y convertirlas en nuestras esclavas?

(…) todas somos parte de ese engranaje en el que unas pocas personas deciden sobre el destino del resto. Por eso, no entendemos la libertad como una cuestión de grados o unas determinadas condiciones de vida, sino como un todo: se es libre o no se es. Un estado de “semi-libertad” (término que se usa en muchos ámbitos de la explotación animal y también en algunos tipos de régimen carcelario) sería sinónimo de un estado de “semi-esclavitud”. En ese sentido, una gallina “campera” no es más libre que una que viva en una jaula en batería, aunque sus condiciones sean diferentes o peores.

Desde nuestro punto de vista, y con todos los matices anteriores, la privación de libertad es algo mucho más tangible que la libertad en sí misma, más fácil de definir y de percibir allá donde se encuentra. Su máxima expresión, el encierro,  es algo que se ve, se siente y se comprende, tanto si hablamos de un humano en una cárcel, como de una gallina en una jaula, o una orca en un acuario.

(…) Estamos acostumbradas a oír que la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás; pero, ante esta visión restringida, se opone la idea de que la libertad de cada una, en realidad, se enriquece y cobra sentido con la de las demás.

Bakunin, por ejemplo, afirmaba que la libertad individual no es un hecho individual, sino un producto colectivo. Claramente, él se refería solamente a los seres humanos. En nuestra mano está ahora eliminar los límites sobre quiénes son los demás. Límites arbitrarios basados, por ejemplo, en el sexo o en la especie, que han hecho que durante siglos la idea de libertad se pusiera barreras a sí misma.

(…) No tenemos una respuesta mágica que arregle el mundo; pero vemos, creemos y sentimos que una jaula siempre es una jaula. Y contra lo que luchamos es contra todas aquellas ideas e instituciones que permiten que existan las jaulas”.

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